un relato de la GI

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un relato de la GI

Mensaje  ACA_MOSH el Lun Jul 12, 2010 8:36 pm

[WIP] Historia de la GI
Hacía más de dos meses que el mando especial táctico les había escogido como guarnición de Calenor X, un pequeño mundo agrícola alejado de todo cuanto representaba la civilización imperial.
Tan sólo el Dios Emperador y el Mariscal de campo sabían de la importancia estratégica que debía de tener esa bola verde perdida en mitad del espacio como para dejarles pudriéndose allí, durante el resto de sus vidas.
Su pago por cinco años pacificando y liberando planetas parecía una broma de mal gusto. Aún así, podían considerarse afortunados. El segundo regimiento de cazadores doborianos (algún chupatintas del administrorum sin ningún conocimiento de nada, les había dado ese apelativo de “cazadores” tan poco afortunado y tan alejado de la realidad) no había tenido que aguantar mucho desgaste y les habían “licenciado” relativamente pronto. Tal vez porque venían de un planeta pequeño, con poca tradición militar, no habían tenido que pagarle al emperador dejándose la vida en los campos de batalla. Según el capitán Vasilico, debían de estar agradecidos; Sus vidas serían largas; A cambio, las pasarían en el último lugar de la galaxia.
Calenor era un planeta poco habitado con algunos núcleos urbanos esparcidos por sus enormes llanuras. Su clima era muy frío, aunque el suelo rico en arcillas permitía cultivar una variedad de resistentes tubérculos nutritivos, muy útiles para la preparación de raciones de campaña.
El regimiento de cazadores había sido repartido de forma homogénea a lo ancho y largo de la superficie.
No es que Calenor no tuviera su propia fuerza militar, por supuesto que la tenía, pero fuera quien fuera el último gobernante que tuvo, no se había hecho querer demasiado. La población se había levantado en armas, seguramente pensando que la situación tan alejada del planeta impediría que el imperio prestara atención a ese minúsculo punto, que se olvidarían de ellos y les dejarían hacer su vida tranquilamente. Pasaron varios años pero los cobradores del administrorum terminaron llegando al planeta para recoger su diezmo, y no lo hicieron solos, un contingente lo suficientemente grande como para acabar con la resistencia de este planeta, y diez más como él, se encargó de devolver las aguas a su cauce. Tras una semana especialmente sangrienta se declaró el planeta, de nuevo, bajo control imperial.
El mando no quería pasar un minuto más de los necesarios en ese sistema. No había gloria en limpiar los campos de insurgentes, traidores y desertores. Diez días después del desembarco, tal y como habían venido, las fuerzas imperiales se marcharon dejándole las tareas de limpieza a los que vinieran detrás.
Cuando el regimiento de cazadores fue desplegado en Calenor, lo recibieron con poca euforia. Los nuevos guardias imperiales deberían de encargarse de la dura y correosa tarea de imponer la paz y el orden en una sociedad que los veía, poco menos que como enemigos.
Durante estos primeros meses, el comandante Rosales, el oficial al cargo del campamento 35, no había tenido contacto alguno con fuerzas hostiles. Si había insurgentes escondidos entre la maleza, ellos no los habían visto. Y, en cierto modo, estaba agradecido de que así fuera. Ni él ni sus chicos habían venido aquí a morir entre campos de cultivo. A diferencia de otros campamentos que estaban situados cerca de alguna de las pocas ciudades que había, el campamento 35 estaba desplegado en medio de la nada. Tan sólo había un pequeño grupo de casas habitadas por los agricultores, que se encargaban de cuidar de los campos circundantes.
No todo el planeta estaba cultivado, había algunas masas residuales de selvas y bosques esparcidas sin orden aparente. Se suponía que, de haberlas, las fuerzas rebeldes estarían escondidas en estas zonas. El campamento 35 distaba 10 kilómetros de una de estas zonas. El nombre en código era Abeto Rojo (seguramente el agente que lo bautizó así debía de tener un día poco inspirado, puesto que lo último que uno se encontraba en la zona Abeto Rojo eran, precisamente, abetos, y mucho menos rojos). Cada día, los alrededores de esta zona eran patrullados.

El chimera se detuvo a unos metros de los primeros árboles, en medio del camino. El sargento Rodríguez estaba asomado a la escotilla, observando algo con sus prismáticos. Era habitual que al sargento le diera mala espina cualquier montículo, árbol o raíz extraños, y tuvieran que salir a comprobar el perímetro.
Con la tranquilidad profesional de quien ha estado haciendo eso toda la vida, la escuadra bajó del vehículo y tomó posiciones en torno a él, mientras tres soldados de dirigían a examinar “algo” que se encontraba a unos metros del camino, cerca de los primeros árboles.
El sargento seguía mirando con sus prismáticos desde la escotilla. El artillero Pérez estaba a su lado, en el bolter pesado de la torreta, preparado para abrir fuego si la cosa se ponía fea.
El sanitario Adrián, uno de los tres soldados, llegó al lugar y se detuvo. El canal de comunicaciones internas se abrió:
- Sargento, hemos hecho contacto. Es un hombre muerto.
- ¿Cómo que es un hombre muerto? ¿Un rebelde?
- No lo sé, eso parece. Las ropas están muy sucias y manchadas de sangre, pero parece que son militares. No veo ningún arma por aquí. Tampoco veo la chapa de identificación. Aún está caliente, mi sargento.
- Comprueben la zona, por si hay huellas o algún otro cadáver...
- Si señor...
En el momento en que el sanitario Adrián hizo ademán de separarse del cadáver, hubo una explosión y una enorme bola de fuego engulló a los tres guardias. Uno de ellos, una figura envuelta en llamas, salió corriendo hacia el chimera, pero fue abatido inmediatamente por fuego pesado de ametralladoras proveniente del interior del bosque. La silueta se tambaleó en el aire mientras su cuerpo era despedazado por los proyectiles enemigos.
Varias armas automáticas empezaron a disparar contra el vehículo y las tropas que estaban fuera de él. Dos soldados más cayeron acribillados antes de que el resto pudiera ponerse a cubierto.
Un terrible fuego cruzado empezó entonces. Los soldados que quedaban de la escuadra abrieron fuego en modo automático, sin saber donde disparaban. Los bolters pesados del chimera barrieron la zona cercana, arrasando todo cuanto había a su paso, levantando una nube de trozos de hoja, astillas, vísceras y restos orgánicos. El sargento dio órdenes a sus hombres de que regresaran al vehículo. Más armas automáticas, escondidas entre los árboles, se estaban sumando al ataque.
Desde unos árboles más alejados, tres objetos salieron disparados, a toda velocidad, desprendiendo una estela de humo blanco. Uno de los misiles impactó en el frontal del vehículo, destruyéndole el bolter pesado.
El chimera hizo marcha atrás a toda velocidad. La compuerta, que todavía permanecía abierta, fue arrancada por el feroz impulso. Dentro, los soldados, a los que apenas había dado tiempo de entrar, se agarraban a lo que podían para no salir despedidos. Las balas granizaban sobre el casco del blindado. El artillero había sido alcanzado por un disparo en la cabeza y sus piernas colgaban del arnés de sujeción. El sargento había dejado de gritarle al piloto y miraba por una de las escotillas cómo varios misiles salían del bosque en su dirección.
Una explosión destrozó el frontal del vehículo matando en el acto al conductor. El chimera se salió del camino y quedó varado en un campo de cultivo. Dos misiles más explotaron contra el lateral destrozando las orugas. Los soldados que quedaban vivos salieron a rastras de los restos humeantes de su transporte. Estaban conmocionados por la explosión. No oían el rugido que salía de las gargantas de sus atacantes, mientras salían del bosque, corriendo hacia ellos.
Quedaban todavía cuatro de sus soldados en pie, aunque uno de ellos estaba más muerto que vivo. El sargento Rodríguez buscó a su comunicador, pero era uno de los hombres que había caído antes. Dio órdenes a sus hombres de que defendieran la posición a toda costa y se volvió a meter dentro del blindado. Buscó la radio. Por suerte, estaba intacta.
- ¡Patrulla llamando a base! ¡Patrulla llamando a base!...
- Aquí base, adelante patrulla.
-¡Hemos sido emboscados por el enemigo! ¡Repito, hemos sido emboscados por el enemigo!…
-¿Es usted el líder de patrulla? ¿Cuál es su situación actual?
- Estamos rodeados y necesitamos ayuda… nuestra situación es desesperada…
- ¿Qué ha pasado con su chimera?
- El chimera está inutilizado… no son rebeldes con armas personales… estamos siendo atacados por xenos bien armados... creo que son orcos… muchos orcos…
- Repita lo último que ha dicho… ¿Está ahí?... ¿Líder de patrulla?... ¿Sigue ahí?... Base llamando a patrulla, adelante patrulla… adelante patrulla…
Era de noche. No hacía mucho que el sol se había ocultado en el horizonte. Los sistemas de calefacción, sin embargo, no se habían encendido. La noticia se había extendido como la pólvora: orcos. Nadie había visto nunca a un orco, pero todos habían oído historias terroríficas sobre ellos, sobre lo grandes, lo brutales y lo feroces que eran.
El comandante Rosales había organizado, aprisa y corriendo, una columna de rescate formada por tres chimeras, el hellhound del regimiento y uno de los tres tanques Leman Russ. El resto de tropas no se quedarían ociosas, el protocolo de defensa del campamento 35 había sido activado media hora antes, los vehículos y armas pesadas se estaban colocando en posición para repeler un eventual ataque enemigo.
Los nervios estaban a flor de piel. El tercer pelotón del teniente Ramírez se preparaba para montar en los vehículos. Los sargentos recibían las últimas instrucciones. No sabían lo que les aguardaba allí afuera, así que cada soldado llevaba el equipo de campaña completo. Su misión era recuperar los cuerpos de sus compañeros, perseguir al enemigo y aniquilarlo. Todos presentían que tendrían que adentrarse en esos bosques que habían estado evitando durante tanto tiempo.

-¡Todos con el equipo completo de campaña y raciones para tres días, no sabemos lo que nos vamos a encontrar allí afuera! – gritaba el sargento Guerrero mientras los soldados se avituallaban de raciones, cantimploras, palas y demás elementos de equipo, hasta superar los 20 kilos de peso.
-¡Con todo este peso, antes de que los orcos vengan, ya estaremos muertos!
-¡Si tienes alguna queja, Martínez, puedes ir ahora mismo y explicársela al teniente, seguro que está deseoso de oir tus lloros!

La columna partió antes de que salieran los primeros rayos de luz. El hellhound encabezaba la marcha, seguido de los tres transportes. El tanque cerraba el grupo.
El vehículo de mando iba en segundo lugar. El teniente Ramírez estaba sentado cerca de la escotilla superior, con sus prismáticos colgándole del cuello. Era un tipo marcial, que aplicaba el reglamento al pié de la letra, pero que sabía lo que se hacía; (Cada vez que alguien pronunciaba su nombre, debía de decir la palabra teniente delante, o podía ganarse una semana de castigos limpiando letrinas) A su lado, Héctor, el comisario del regimiento, que se había presentado voluntario para acompañar a la columna, se mantenía tranquilo en su asiento. No se trataba del típico comisario carnicero que mataba a más soldados imperiales que enemigos, sabía mantenerse al margen y era, para ser un comisario, bastante indulgente y comprensivo con los errores humanos. Lo habían trasladado hacia 2 años a su regimiento. Nadie sabía nada de él. El resto de la escuadra de mando estaba formado por el doctor Valiente, que hacía justo honor a su nombre, y tres soldados veteranos que, a lo largo de los años, habían ido curtiéndose, no tanto en batallas como en partidas de cartas y juegos de dados.
La escuadra del teniente Ramírez era temida por todos. Eran los más tramposos de todo el regimiento. Podían despojarle a un soldado de la paga de un año en una partida de dados. Eran de estos tipos que estaban continuamente apostando por todo. Tenían un viejo rifle de plasma que se sorteaban cada vez que salían de patrulla. Nadie quería morir carbonizado por su propia arma. Eran, pese a todo, soldados profesionales que sabían en qué consistía su trabajo y lo hacían sin rechistar. Si había alguien vivo a quien rescatar, la escuadra de Ramírez lo traería de vuelta.
No habían recorrido la mitad del camino que los separaba del punto de rescate (se llamaba así aunque no hubiera nadie a quien rescatar) cuando vislumbraron, a lo lejos, una gran polvareda producida, sin duda alguna, por un gran contingente, muy posiblemente enemigo. Fuera lo que fuera, se movía por el mismo camino por el que iban ellos pero en dirección opuesta.
Hacía un par de minutos que habían dejado atrás una pequeña explotación agrícola abandonada. Tal vez el enemigo todavía no les hubiera visto, ya que iban a poca velocidad y no levantaban mucho polvo.

-Demos media vuelta. Volvamos a esa pequeña granja que hemos pasado hace unos minutos.
-¿Pretende atrincherarse en esos edificios que hemos pasado? No parecían my recios –le dijo el comisario al oficial.
-Lo sé, pero sea lo que sea lo que se dirige hacia nosotros, no está haciendo ningún intento por cubrir su avance. No me fío de los orcos, podrían ser 30 o podría ser todo un ejército. No podemos luchar en campo abierto contra un enemigo que podría superarnos en número.
-¿Cree que tendremos más posibilidades si luchamos defendiendo una posición?
-En principio, nuestra misión es la de reconocer al enemigo. Vamos a ocultarnos y preparar una emboscada. Si hay que luchar, siempre es mejor hacerlo detrás de un muro.
-He oído que los orcos lo saquean todo por allí por donde pasan… tal vez no hagamos otra cosa que escondernos en el primer lugar donde van a ir a buscar.

-¿Cuales son sus ordenes señor? – interrumpió el operador de radio.
-Que todos los vehículos den media vuelta y se dirijan a la vieja granja que acabamos de pasar.

Los vehículos se dieron media vuelta y volvieron por donde habían venido, con las torretas de sus armas apuntando hacia atrás
La "granja" eran cuatro edificios construidos con barro y madera, al estilo tradicional de la zona. Apenas quedaban unos pocos restos de cubierta en alguno de ellos y muchos muros estaban semiderruídos. Ramírez apostó al tanque en el interior de lo que habría sido el granero, el edificio más alejado del camino. El tanque hellhound y los chimeras los cubrieron con la red de camuflaje y les tiraron restos de cascotes, piedras y tejas por encima. Desde lejos, parecerían montañas de escombros o restos de otros edificios anexos a los ya existentes.
Las escuadras de infantería se apostaron en el interior de los edificios, ocultos de la vista de cualquier orco. La mayoría de los soldados junto con las armas especiales, cubrían el camino principal. Algunos hombres cubrían también los laterales del complejo, para evitar se rodeados sin darse cuenta. No dio tiempo a nada más, las columnas de humo que habían visto se estaban transformando en vehículos orcos que marchaban a toda velocidad por el camino.
El teniente los observaba con sus prismáticos, tratando de hacerse una idea del número de enemigos, sus vehículos y sus armas.

-Hicimos bien en escondernos Héctor. No es una patrulla de reconocimiento. Hay muchos orcos y al menos, veo 50 vehículos. -A lo que añadió- Aunque bien podrían haber 100 o 200.
-Hay que avisar al campamento de inmediato. Operador, abra un canal seguro con la base.

No se trataba de una fuerza de reconocimiento. No sabía si los orcos tenían algún tipo de organización militar. No veía orcos a pie, tan sólo vehículos. Muchos vehículos. A los primeros buggies y motos le seguían camiones de todos los tamaños, formas y colores. Todos llenos de orcos. Era difícil de saber su número con exactitud porque la polvareda los envolvía.

-Señor, tenemos contacto por radio. – avisó el oficial de telecomunicaciones.
-Base, aquí el teniente Ramírez, cambio.
-Teniente, aquí el comandante Rosales. – el propio comandante estaba hablando por el comunicador, debían de estar allí todos muy nerviosos. – ¿Tiene algo?
-Señor, no hemos podido llegar a la zona de rescate. Nos hemos encontrado con una columna orca que venía en nuestra misma dirección.
-¿Han entrado en combate? ¿Han sufrido alguna baja?
-Nos hemos ocultado en una vieja granja cerca del camino. No dispongo de la capacidad efectiva para hacerles frente señor. Hemos contado al menos 50 vehículos. Tenemos un ejército orco delante de nosotros. Por ahora nos mantenemos en observación. Esperamos sus órdenes señor.

Se hizo el silencio al otro lado del comunicador. Durante unos segundos el mundo se paró. Los soldados dejaron de respirar. Todos estaban pendientes del comunicador. Esperando la orden que podría llevarlos directamente a la muerte. El sudor empañaba la frente de Ramírez. La presencia del comisario Héctor tampoco hacía mucho para tranquilizarle.
-¿Como que no puede establecer contacto con las otras bases? ¿Desde cuando?
- Poco después de que saliera la patrulla del teniente Ramírez perdimos contacto. Las comunicaciones de largo alcance han sido bloqueadas, señor.
-¿Han probado con otras frecuencias?
- Parece que los satélites no funcionan, señor. El resto de asentamientos imperiales están demasiado alejados.
-¿No hay ningún modo de establecer contacto?
- No señor. Desde esta base es imposible. – contestó el operador de radio. – Estamos en el culo del mundo.- pensó para sus adentros.
El sargento sabía perfectamente que estaban aislados. Intentaba hacer ver al comandante que este aislamiento no era culpa suya. Estaba interrogando al operador como si no supiera, desde hacía varias horas, que no había ninguna posibilidad de establecer contacto con ninguna fuerza imperial. Había comprobado el sistema varias veces.
El comandante no hacía ningún aspaviento. No estaba enfadado ni cabreado con sus soldados. Tal vez el sargento Tortosa creyera que no tenía ni idea de aparatos de telecomunicación. Sus conocimientos eran básicos, pero ya sabía, mucho antes de que lo avisaran, que la red de comunicaciones caería. Lo supo desde el momento que habló con el teniente Ramírez.
El comandante José Rosales Benito se consideraba, a sí mismo, como una persona, ante todo, eficiente. Venía de familia militar. Había estudiado en la escuela de oficiales de Rúgena, la más prestigiosa de su mundo natal, Doboria, dónde había sido entrenado en estrategia militar y táctica de combate, en análisis, organización, recursos humanos... y muchas otras cosas más. La diferencia entre él, y cualquiera de los otros oficiales de los cazadores, que habían sido ascendidos por méritos militares, no estaba en cómo, dónde y cuándo luchar, sino en todo aquello que sucedía, precisamente, cuando no se luchaba.
- Sargento, muchas gracias. Eso es todo. - dijo tranquilamente el comandante, interrumpiendo a su oficial, que todavía seguía “interrogando” al operador de radio, como si él tuviera la culpa de que los orcos hubieran aparecido en ese planeta. - Manténganse en sus puestos, por si acaso fuera un fallo momentáneo del sistema.
-A sus órdenes mi comandante.
Los orcos eran un enemigo muy peligroso. La humanidad se había enfrentado en innumerables ocasiones a ellos. Podían parecer salvajes y desorganizados, pero allí donde aparecía uno, venían miles con él. Los orcos no exploraban ni colonizaban mundos, en el sentido humano de la palabra. Podían estar escondidos en un mundo imperial durante años, para salir de repente como una horda que arrasaba todo aquello que encontraba a su paso. A diferencia de lo que pensaban muchos oficiales imperiales, se había llegado a la conclusión de que la estrategia ofensiva de los xenos, no era, ni mucho menos, tan rudimentaria como se podría pensar. Como cualquier estratega imperial, los orcos cortaban las comunicaciones, aislaban a sus objetivos y atacaban allí donde no se les esperaba, debilitaban las posiciones de sus enemigos con bombardeos o las tomaban en asaltos nocturnos. La imagen de un orco cargando de frente contra un bólter pesado, esgrimiendo una enorme espada, sólo sucedía cuando el orco venía acompañado de miles, miles y miles de sus camaradas. Siempre y cuando no hubiera suficientes bólters pesados como para acabar con todos ellos.
La única esperanza de sobrevivir a este ataque era resistir en su campamento. Podía ser un ataque aislado, pero también podrían estar siendo atacadas todas las bases del planeta. Rosales debía de ceñirse a sus hombres sin esperar cualquier tipo de refuerzo.
A diferencia de otras razas, la humana se caracteriza por un sentimiento de esperanza irracional que aparece en las situaciones más desesperadas. Rosales había enviado varios emisarios hacia diferentes campamentos. Había escogido personalmente a soldados con habilidades de exploración, infiltración y sigilo. Si había alguna oportunidad de conseguir ayuda, suministros, información, o cualquier otra cosa que les ayudara a sobrevivir, debían de intentarlo.


El ruido de las sirenas lo sacaron de sus elucubraciones y su mente volvió a la cruda realidad. Un obús estalló en algún edificio cercano. El asalto había comenzado. El ayudante de bólter pesado Pablo Pacheco se puso rápidamente el casco y apagó su cigarrillo contra el suelo. Aún no se veía ningún alienígena pero el fuego de artillería enemiga ya había empezado a barrer las posiciones imperiales. Los comandantes de los vehículos cerraron las escotillas y escondieron la cabeza en sus moles de acero. El mayor peligro de estos obuses era la metralla que despedían al impactar. Debían de ser cañones de gran calibre que disparaban desde varios kilómetros de distancia. Por suerte para ellos, los orcos no tenían muy buena puntería. Apenas unos pocos proyectiles lograron causar algún daño real. De haber sido soldados primerizos, sin ninguna experiencia en combate, se habrían metido en el primer agujero que hubieran encontrado y no hubieran salido hasta pasados cinco o diez minutos. No era este el caso.
Tras el bombardeo inicial, el goteo de proyectiles había ido disminuyendo poco a poco sin llegar a detenerse. Empezaban a asomar los primeros buggies orcos a toda velocidad.
El sargento Ibáñez Pérez cruzó el patio de armas como alma que lleva el diablo y se lanzó al interior de uno de los bunkers que cubría la entrada, donde estaba situado el puesto de mando avanzado. Acto seguido, los dos tanques leman russ empezaron a abrir fuego contra los vehículos enemigos.
Pablo veía cómo los tanques, posicionados enfrente de la carretera de entrada, tenían un ángulo de tiro inmejorable. El camino, en los últimos 200 metros, formaba una pequeña cuesta en línea recta que ascendía hasta una pequeña meseta natural, donde estaba situado el campamento 35. Cualquier vehículo que quisiera entrar por allí se veía expuesto al fuego directo de los tanques imperiales.
Un vehículo enemigo que se dirigía a toda velocidad por el camino recibió un impacto directo de artillería. No quedó nada de él. Tan sólo un pequeño cráter y unos metros de tierra carbonizada.
Algunos buggies dejaron el camino y se internaron en los campos colindantes. Como si de una manada de buitres se tratara, empezaron a dar vueltas en torno al perímetro defensivo del campamento humano, disparando sus armas sin descanso.
Varios camiones rompieron la formación y se dirigieron hacia el campamento. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, la escuadra de bólters pesados abrió fuego.
El primer camión fue acribillado con fuego antiinfantería. La chapa estaba llena de agujeros por todas partes y, en el lugar del conductor, había una mancha verde y roja que salpicaba todo el interior de la cabina. Nada podría haber sobrevivido a aquel fuego directo. Algo parecía seguir moviéndose en la parte trasera y los bólters pesados no paraban de escupir fuego como poseídos. Dos segundos más tarde el camión explotó en una lluvia de fuego y metralla. Justo en ese momento, una figura apareció en la trinchera y se dirigió al primer soldado que tenía delante.
- ¿Qué están haciendo soldados? – La cara del sargento Ibáñez estaba pegada a la del soldado artillero Torregrosa. Le estaba cogiendo de la solapa y le gritaba a la cara. – ¡No malgasten munición! ¡Disparen a los enemigos que se acercan y dejen de acribillar cadáveres!
El sargento miró las manos de Pablo y luego le miró a la cara. Sin soltar la guerrera de su compañero le gritó:
- ¿Eres tu el que se encarga de reponer los cargadores?
- Si señor.
- ¡Tu compañero está a punto de quedarse sin munición! ¡No veo ninguna caja de munición en esta trinchera! ¡Tampoco veo que tengas ninguna caja de munición entre tus manos! ¿Estas esperando a que te traigan la orden por escrito?
- No señor.
- ¡No te quedes ahí parado! ¡Muévete!
El soldado de primera Roberto Bailarín tenía una perspectiva inmejorable desde su posición. Se encontraba en la cubierta del edificio más alto que había en todo el campamento, la torre del depósito de agua, a la que habían reforzado la estructura. Roberto era el mejor tirador del regimiento. Su rifle era la versión oficial para francotiradores de élite. Desde su nido de águila, apuntaba cuidadosamente a los enemigos que más se acercaban al campamento. Cada disparo en la cabeza era una baja.
Los orcos estaban intentando desbordar las defensas imperiales por todos lados. La base imperial estaba dominada por el ruido zigzagueante de los rifles láser, por el tambor de los morteros, el traqueteo de los bólters… explosiones y gritos. Gente corriendo de arriba para abajo. Los tanques disparando sin pausa. El fuego enemigo se cobraba también sus bajas entre las filas imperiales. Los heridos eran apartados a un lugar más cubierto; los muertos que no molestaban, simplemente se dejaban donde estaban. Había muchos más orcos que humanos. El campamento era como una presa rodeada de agua que pareciera a punto de desbordarse o de romperse en cualquier momento.
Aprovechando la superioridad, varios camiones habían conseguido acercarse lo suficiente como para que sus ocupantes desembarcaran. Sin ni siquiera detenerse o aminorar la velocidad, los orcos empezaron a tirarse del camión y a rodar por el suelo. Con inhumana agilidad y fuerza, aprovechando la inercia, se ponían en pié y cargaban contra las posiciones enemigas. Fuego cruzado de rifles láser atravesaba los cuerpos alienígenas. Algunos se desplomaban como si un soplo de aire les hubiera arrebatado la vida instantáneamente, otros se movían como marionetas, con sacudidas espasmódicas, antes de caer al suelo bañados en un charco de sangre.
Poco a poco, más camiones y más orcos se iban acercando al perímetro. Poco a poco los defensores tenían más objetivos para disparar y menos tiempo para hacerlo.
Una explosión acertó de lleno en la torre del depósito de agua. Los tres hombres que se encontraban allí volaron como ángeles con alas de fuego.
Aprovechando el caos y la confusión del asalto, un grupo de xenos con lanzamisiles había conseguido colocarse tras cobertura, a poca distancia del muro del campamento, aprovechando las ruinas de un pequeño cobertizo.
Al sargento Gil sólo le dio tiempo de ver la estela de los dos misiles que se dirigían justo al lienzo de muro que defendían sus hombres. Estaba gritando algo cuando una explosión lo lanzó por los aires. Un gran estruendo y, de repente, el mundo se volvió negro y notó cómo su cuerpo era lanzado varios metros por el aire. Un pitido le sacudía la cabeza. Un gran dolor en su pierna le devolvió a la realidad. Sus ojos lloraban. Apenas podía respirar. Veía imágenes inconexas sin sonido; la zona donde había estado; varios cadáveres irreconocibles; el cabo de primera Betusto mirando al infinito, sin piernas ni brazos; una figura grande apareciendo a través del humo; una bola de fuego que salía de su arma y engullía a un par de soldados que gateaban por el suelo, aturdidos por la explosión; dos orcos más entrando por el agujero que disparaban en modo automático; cientos y cientos de casquillos que salían de sus armas mientras estas barrían la zona de izquierda a derecha sin dejar de escupir balas; el cuerpo de un soldado reventado por las explosiones de los impactos de bala de gran calibre;
El sargento de tercera Mendoza entró corriendo en el bunker de mando. Su ropa estaba llena de polvo y su cara estaba sucia. Tenía una pequeña herida en la frente. Se paró, entre jadeos, hizo su saludo militar y habló directamente al comandante Rosales:
-Comandante. Los orcos han abierto una brecha en las defensas. Han hecho un agujero en la muralla Norte y están empezando a entrar.
-¿Pasamos a la fase dos? – dijo un oficial que estaba en la sala, al que Mendoza y el resto del campamento conocían como “el loco Joe”.
- Tenemos que intentar mantener el control del perímetro exterior el máximo tiempo posible. – contestó el comandante.
- En ese caso, debemos de enviar inmediatamente las escuadras de refuerzo para sellar la brecha.
El comandante se estaba dirigiendo hacia una esquina de la habitación, donde había dejado su equipo militar. Había sacado la pistola bólter de su cartuchera y estaba comprobando el cargador.
- Caballeros, recojan sus armas y prepárense para ensuciarse las manos. – dijo mientras se ajustaba las correas del casco.- Nosotros somos la escuadra de refuerzo.
El soldado de primera Mario Grau se había criado en una pequeña aldea de una zona montañosa poco poblada. Su padre, Tomás, había estado cazando toda la vida en aquellas montañas. Cuando el gobierno local prohibió la caza, su familia, que ya de por si iba bastante ajustada económicamente, se vio abocada a la pobreza más absoluta. La única solución para que sus hijos no murieran de hambre fue seguir cazando de forma furtiva.
Mario amaba a su montaña, a sus animales, sus árboles, sus aguas… todo el amor que sentía hacia su tierra se lo había enseñado su padre. Para Tomás, ser furtivo era la única forma que tenía de no morirse de hambre. Cazaba para comer y mantener a su familia. Lo había estado haciendo durante años. Su padre lo había hecho antes que él, y su abuelo antes que su padre. El problema eran esos grupos de aficionados que venían con rifles que podrían haber reventado un tanque, que se metían por la montaña sin conocimiento ninguno, destrozándolo y ensuciándolo todo. Disparando a cualquier cosa que se moviera por puro placer. Esos no eran cazadores, eran asesinos aficionados que se ponían cachondos cuando apretaban el gatillo.
Un buen día, Tomás no volvió de las montañas. Su mujer y sus hijas lloraron su desaparición. Mario no pudo llorar, tuvo que convertirse en el hombre de la familia. A partir de aquel día, estuvo cazando para mantener a su familia, pero las cosas ya no eran como antaño. La situación se había vuelto mucho más peligrosa. Poco a poco, había empezado una lucha a muerte entre los furtivos y los guardias forestales. Su padre debía de haber sido una de las primeras víctimas pero no la última. La montaña era, cada día, más peligrosa. Muchas veces volvía a casa con las manos vacías.
Por un sueldo digno para enviar a casa, comida caliente y la seguridad de que si moría, su familia recibiría una buena indemnización capaz de mantenerla por muchos años, Mario se alistó voluntario en el ejército donde, al instante, supieron reconocer y aprovechar los conocimientos y habilidades que había adquirido a lo largo de los años.

Hacía un par de días que Mario había salido del campamento 35 por orden directa del comandante Rosales, con la ambigua misión de encontrar ayuda y recabar información. Las últimas horas habían sido bastante tranquilas. Acababa de llegar a un grupo de casas en medio de campos de cultivo, el paisaje típico de ese planeta. Parecía que las personas habían abandonado el lugar a toda prisa, llevándose con ellos lo que pudieron recoger en poco tiempo. Estaba todo desordenado pero nadie había causado ningún desperfecto. La gente que había vivido allí todavía conservaba la esperanza de volver algún día a su hogar. No serían más de las 10 de la mañana y el sol ya estaba bastante alto. Había desensillado su caballo y lo había dejado en una especie de cuadra. Lo había aseado un poco y le había dejado algo de comida y agua. Parecía que allí también habían tenido caballos, pero sin duda alguna, se los habían llevado con ellos.
Encontró bastantes provisiones en la primera casa donde entró. Era bastante grande pero no dejaba de ser la casa de unos campesinos. Recorrió las habitaciones. Faltaban muchos muebles. Parecía extraño que, huyendo para salvar sus vidas, la gente dejara comida y se llevara algunos muebles con ellos. Cogió todo lo que necesitaba y salió al exterior. Había visto, a unos 200 metros al sur del asentamiento, un buen sitio para establecer su campamento de descanso. Viajar de día, a plena luz del sol, en ese paraje tan llano, habría sido un suicidio. Cualquiera podría haberle visto a varios kilómetros de distancia. Prefería descansar durante las horas de sol y marchar de noche.
Le incomodaba dejar a su caballo, desprotegido, dentro del establo, pero no había cobertura para él donde quería instalarse: en medio de la nada. Era aquel un lugar privilegiado para controlar los edificios humanos y toda la periferia. Aprovechando un muro de piedra de los que servían para separar los campos de cultivo, cavó una zanja y se creó un pequeño cobertizo con su tela de camuflaje impermeable donde poder descansar tranquilamente. Por último, colocó los cuatro detectores de movimiento alrededor de su refugio, a una distancia prudencial. No quería abrir los ojos y encontrarse a un orco apuntándole con un arma.

El sol ya había empezado a descender en el horizonte. Aún le quedaban un par de horas de sueño cuando el sonido de un disparo lo despertó. Un segundo disparo, y después un tercero y un cuarto. Un arma automática se les unió, seguramente un viejo MB50 de los que solía usar la población local.
Mario se levantó y cogió su arma. Comprobó que no había nadie cerca de dónde se encontraba, que nadie podía verlo salir de su escondite. Se había situado de tal forma que el muro lo ocultara de la vista de cualquiera que estuviera cerca de las casas.
Al principio no entendía lo que estaba ocurriendo. Había un grupo de hombres, mujeres y niños en las casas. Corrían de un lado para otro, como si se estuvieran preparando para recibir un ataque. Había algunos cuerpos en el suelo que parecían humanos, pero no había rastro de orcos por ninguna parte. Algunos de los hombres, que parecían soldados traidores, se dirigieron hacia donde él estaba, alejándose un poco del grupo de casas. Uno de ellos, el que parecía el capitán, dio unas órdenes y el grupo se paró. Tres hombres se quedaron de pié en el lugar en que estaban mientras otros cinco se separaban de ellos unos metros. A una orden del capitán, los soldados abrieron fuego contra los tres hombres. Varios gritos de mujeres se oyeron desde las casas; Disparos de rifle los silenciaron. Los soldados dispararon una última ráfaga contra los cuerpos de los ejecutados, para asegurarse de que no se volverían a levantar, y volvieron sobre sus pasos, hacia las casas, hablando tranquilamente, sin ni siquiera asegurarse de que sus víctimas estaban muertas. Uno de ellos encendió un cigarro y se oyeron unas risas.
Una figura salió corriendo hacia los cinco soldados. Nadie intentó detenerla. Parecía una mujer vestida con amplias ropas que cubrían todo su cuerpo. Iba llorando y gritando en algún dialecto extraño. Al llegar frente al oficial éste saco la pistola. La mujer se detuvo delante de él y empezó a gritarle a la cara. El soldado, de forma tranquila, sin decir nada, mientras la mujer seguía gritando e increpándole, le puso el cañón de su pistola en la frente y disparó.
No sabía porqué los soldados enemigos dispararían contra la población de su propio planeta, la que días antes les había estado apoyando y ayudando. Mario pensó que tal vez no se tratara de fuerzas rebeldes, sino de simples bandidos y asesinos que aprovechaban el desconcierto para saquear, violar y robar tanto como pudieran. Este tipo de gente se comportaba como chacales, atacando a los individuos más vulnerables, los refugiados. Era una lacra, un denominador común en todos los campos de batalla. Parecía que en todos los lugares siempre había alguien dispuesto a asesinar a sus prójimos para obtener algún beneficio. Esta vez habría alguien que les pararía los pies. Mario ya no los veía como a enemigos. Habían dejado de ser humanos. Habían cruzado una línea. Los observaba y los vigilaba como un cazador cuando acecha a su presa. Encontraría la manera más rápida, fácil y sencilla de acabar con ellos y no dejaría a uno sólo con vida. El contaba con el factor sorpresa, ellos con el numérico. Mario se armó de paciencia y decidió que esperaría hasta la noche. Con la oscuridad aumentarían sus posibilidades de acercarse sin ser visto.
Avanzó arrastrándose como una culebra. Poco a poco, sin hacer ningún ruido y pegado al suelo. Era ya noche cerrada y los rebeldes habían apostado tres centinelas en varios puntos estratégicos. No habían encendido ninguna luz que pudiera delatar su posición, por lo que no debían de esperar ningún ataque nocturno.
Llegó hasta el primer edificio, un pequeño cobertizo que debía de haber servido como granero. Al girar la esquina se encontró varios cuerpos de civiles ejecutados. Todavía no estaban fríos. Se trataba de adultos. Sus brazos y piernas formaban ángulos antinaturales. Sus cuerpos habían quedado en la posición en que murieron. Mario pasó pegado a la pared, casi entre ellos, casi rozándolos. Ningún centinela vigilaba esta zona, la presencia de los cadáveres debía de molestarles.
Como una sombra, deslizándose de muro en muro, se acercó hasta donde había visto que se apostaba el primer centinela. El soldado estaba medio dormido, sentado en una silla, de espaldas a una pared que daba hacia el camino de entrada. Ni siquiera se dio cuenta de la sombra que se le acercaba por la derecha hasta que el filo de un cuchillo le atravesó el cuello. Nadie oyó nada, el rebelde murió rápidamente agarrándose el cuello, como si intentara coger la vida que se le escapaba entre toda esa sangre. Mario dejó el cadáver apoyado contra la pared, como si se hubiera quedado dormido. Cualquiera que lo viera de lejos pensaría que todavía seguía vivo.

Leimus se acercó hacia donde estaba su compañero. Le dijo un par de cosas en su dialecto y le ofreció un cigarrillo. Interpretó el silencio de Störek como una negativa. Era demasiado joven e inexperto, seguía al pié de la letra las ordenes del capitán y por eso estaba de guardia, por pardillo. El caso de Leimus era diferente. El capitán Hôersk le tenía reservadas las tareas más duras, y las que nadie quería. No se caían bien. Todos lo sabían.
Las órdenes eran no fumar ni hacer ruido. Cualquier soldado sabe que, de noche, un centinela no fuma, ya que se convertiría en un objetivo para cualquier francotirador enemigo. Sin embargo, los únicos francotiradores enemigos estaban ahora ocupados con los orcos. A nadie le importaba que se fumaran un pitillo. La noche era fría.
Leimus sacó su encendedor. Probó varias veces pero no funcionaba.
- Mierda, no me funciona el mechero. ¿Oye Störek, tienes fuego?
Störek ni siquiera se movió. Hizo como si no le hubiera oído. Seguramente no tendría fuego. Era uno de esos jóvenes saludables que se habían incorporado a la resistencia poco antes de la llegada de los imperiales. No fumaba, no bebía y no tomaba drogas.
- Joder, no sé cómo puedes aguantar ahí sentado toda la noche. Yo voy a echar una meada. Supongo que eso no contradice ninguna orden del capitán. ¿Se puede mear, no? Espero que el sonido no delante nuestra posición al enemigo. – ¡jodidos niñatos!. Pensó Leimus. – Voy a alejarme unos metros. ¡No me dispares cuando vuelva!
Leimus se alejó unos cuantos metros hacia los huertos. Prefería mear hacia lo desconocido, hacia la oscuridad. Hacía mucho frío y tenía la vejiga llena. El líquido caliente creaba una nube de vapor al salir. Oyó cómo Störek se acercaba. Sin duda alguna, le habrían entrado ganas de mear al verlo a él. Tal vez, incluso tuviera fuego. En el fondo no era un mal chico.

Cuchillo en mano, Mario siguió acercándose a su enemigo, manteniendo la calma y manteniendo el paso. Cuando estuvo a dos metros, el rebelde le dijo algo en su dialecto. Terminó de mear. Se estaba abrochando los pantalones cuando una mano le tapó la boca con fuerza. No le dio tiempo a soltar el cinturón. El cuchillo le seccionó limpiamente la garganta. 10 segundos más tarde dejó de patalear. Mario cargó el cadáver al hombro y lo dejó, sentado en el suelo, junto al del otro centinela que había matado. Leimus y Störek parecían dos buenos camaradas compartiendo guardia en silencio.
Agazapado entre las sombras, con el pulso acelerado y el cuerpo empapado en sudor debido a la tensión del combate, esperó a que apareciera el último centinela que quedaba con vida. Estaba patrullando la zona cercana al establo donde había dejado a su caballo. Mario se encontraba al otro extremo del complejo. Giraría la primera esquina hacia el edificio que quedaba a su derecha, y se deslizaría, pegado a la fachada, hasta el otro lado del patio central. Debía de esperar a que su enemigo pasara tras una pequeña construcción para quedar fuera de su visión y poder acercarse hasta él sin ser visto.
Esperó pacientemente unos minutos hasta que el soldado quedó fuera de su visión. Esperó unos segundos para asegurarse. Sin perder de vista el lugar por el que había desaparecido la figura, se acercó a la esquina y se asomó para ver si había alguien. Estaba todo despejado. Avanzó despacio, agazapado, escuchando los ronquidos de alguien que dormía al otro lado de la pared. La mayoría de los soldados enemigos se habían apostado en la casa delante de la que él, ahora mismo, estaba pasando. Llegó a la primera ventana, pero no pudo ver nada porque estaba tapada con tablones de madera. Pudo escuchar más sonidos de gente durmiendo. Se tranquilizó.
Un ruido tras él le hizo girarse de repente. Su enemigo debió de haber oído algo, porque giró la cabeza al mismo tiempo que él. Sus miradas se encontraron. Sin duda alguna, el veterano teniente de las fuerzas rebeldes no esperaba encontrar a un soldado imperial rondando por su campamento a esas horas. Su mano derecha hacía el movimiento de encender el mechero mientras la izquierda intentaba proteger una llama que nunca llegó a salir. El cigarrillo de contrabando estaba apenas sujeto entre sus labios. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Los cuerpos eran ajenos a lo que ocurría, habían quedado rezagados unas décimas de segundo. Tan sólo los ojos de los dos hombres vivían el presente. Miradas intensas y directas; Sin pestañear; De enemigo a enemigo. No había sorpresa, tan sólo una intensa seguridad de que la muerte, en breves segundos, se cobraría una pieza más. Un momento que pareció una eternidad, donde cada uno analizaba a su enemigo, sabiendo que en las próximas décimas de segundo, dejarían de pensar y actuarían guiados por sus reflejos y su instinto de supervivencia. Los labios del capitán, se entreabrieron, dejando de sostener el cigarrillo, que empezó, poco a poco, a inclinarse hacia el suelo. La mueca de una sonrisa apareció en su cara y con ella, el tiempo volvió a su ritmo normal, y con ello, la noche rompió su silencio.
Todo sucedió de forma rápida y brusca. El joven teniente había sonreído y había bajado las manos hacia la funda de su pistola. Mario estaba muy lejos como para utilizar su cuchillo. Al mismo tiempo que su enemigo, acercó sus manos al gatillo de la MIII que llevaba colgando del hombro. Con la diestra empuñó el arma mientras deslizaba la izquierda por el lateral para quitarle el seguro. El soldado enemigo ya tenía la pistola en la mano cuando Mario apretó el gatillo del rifle en modo automático. El agudo sonido de las descargas de láser rompió el silencio de la noche.
Oyó movimientos en el interior de la vivienda y los pasos del centinela que se dirigían hacia donde él se encontraba; Debía de estar muy cerca puesto que, en el preciso instante en que Mario giraba la cabeza hacia su derecha, una lluvia de proyectiles explosivos empezó a granizar sobre la pared de adobe, levantando una lluvia de polvo y tierra, a medio metro por delante de él, que avanzaba en su dirección. Instintivamente se lanzó al suelo de cabeza y rodó para ponerse fuera de la línea visual de su enemigo. El barrido horizontal del centinela seguía su curso arrancando trozos de pared, llegando hasta donde estaba la ventana, atravesando los tablones de madera y los cuerpos de los soldados que, en ese mismo momento, estaban levantándose apresuradamente de su sueño.
Una figura a medio vestir apareció en el umbral de la puerta empuñando un rifle a la altura de la cadera y devolviendo el fuego que caía sobre la fachada de la casa donde había estado. Fue acribillado por una lluvia de proyectiles provenientes del centinela, que venía caminando y disparando su arma desde la cadera. Astillas de madera que saltaban, arrancadas de los marcos de las puertas y ventanas, inundaban el aire. Mario no era más que una sombra oscura tirada en medio del patio, justo delante de la casa desde donde varios soldados estaban, a su vez, devolviendo el fuego que caía sobre ellos. Seguramente pensarían que el enemigo era el que les estaba disparando, y que él debía de ser algún compañero caído segundos antes.
No sabía qué arma debía de estar empuñando el centinela, pero estaba contento de que no estuviera disparando contra él. Se trataba de una ametralladora semiautomática de poca precisión, que compensaba con una cadencia de fuego abrumadora. La lluvia de muerte y fuego seguía cayendo sobre la puerta de entrada. El soldado debía de haberse vuelto loco apretando el gatillo. Ante la destrucción que estaba causando, cualquier persona cabal habría escondido la cabeza detrás del muro más grueso que hubiera encontrado, sin embargo, los rebeldes seguían respondiendo al fuego. El arma seguía escupiendo balas cuando los soldados parapetados en el interior de la casa derribaron a su compañero con varias ráfagas de fuego directo. El guardia fue alcanzado en todas las partes de su cuerpo. Sus compañeros siguieron disparándole durante varios segundos más. El cuerpo inerte emblaba con cada nuevo impacto. El fuego cesó, y unas voces recorrieron el edificio con frases breves y rápidas.
Dos figuras estaban bajando del piso superior. El ruido de botas pisando la madera era inconfundible. Debían de ser soldados; Seguramente, los que habrían derribado a su compañero aprovechando una posición superior privilegiada. Mario miró hacia arriba. Había dos pequeñas ventanas en la casa, en lo que debía de ser un segundo piso o una buhardilla. Parecía que ya no había nadie en ellas. Podía oír unos sollozos que provenían de la habitación contigua a la puerta, la que había recibido la mayor cantidad de disparos. Un hombre salió de la habitación, en ese momento, con un rifle en la mano. Gritó algo que Mario no pudo entender y fue respondido por varias voces más. Nunca llegó a dar más de dos pasos. Desde donde estaba, el soldado imperial cubría todo el pasillo de salida de la casa. Apuntó tranquilamente y abatió a su enemigo. Un disparo bastante silencioso. Los dos hombres que bajaban por la escalera no debieron de oírlo. Salieron al pasillo sin tomar ninguna precaución, poniéndose, directamente, frente a la posición de tiro de Mario. No tuvieron ninguna oportunidad. En cuanto ambos estuvieron en el pasillo, fueron recibidos con una granizada de fuego láser. Las luces amarillas atravesaron al primero sin que llegara a darse cuenta de lo que sucedía. Su compañero, que venía detrás, intentó cubrirse, pero no había dónde. Se dio la vuelta para volver a la protección de la escalera pero varios tiros en la cabeza acabaron con él. Cayó fuertemente sobre el suelo.
Mario se levantó del suelo y se acercó hacia la pared de la casa, vigilando siempre la ventana y el hueco donde había estado la puerta. Sabía que, al menos, había un par de soldados heridos. Podía oír sus sollozos. Podía tratar de entrar y encontrarse con dos moribundos, o podían estar esperándolo con las armas apuntando a la puerta. Decidió que no quería arriesgarse a que le volaran la cabeza cuando tenía la situación casi controlada. Se acercó, pegado a la pared, hacia la ventana. Los tablones que la cubrían seguían ahí, pero estaban medio destrozados y llenos de tremendos agujeros. Sacó una granada de uno de los bolsillos de su chaleco, tiró de la anilla, contó hasta tres y la lanzó al interior de la habitación a través de la ventana. Se oyó a alguien gritar algo al otro lado de la pared. Dos segundos después, una terrible explosión sacudió todo el edificio y una nube de polvo y tierra inundó la calle. Mario esperó un poco a que se asentaran los restos que seguían suspendidos en el aire y se adentró en la vivienda sin hacer el más mínimo ruido. Si hubiera quedado alguien vivo, sin duda alguna, estaría apuntando hacia la ventana. Sin ni siquiera asomarse, entró despacio por la puerta, con el arma por delante, apuntando a las esquinas y a los objetos que podrían constituir una barrera tras la que esconderse. Se adentró poco a poco en la habitación, examinándolo todo a su paso.
Vió los restos de un cuerpo humano desparramados por el suelo, cerca de la ventana. El pobre desgraciado no había tenido ninguna oportunidad, las balas lo habían dejado irreconocible. Desde fuera, la habitación parecía más pequeña de lo que en realidad era. Debería de haber habido otra ventana más. Puede que sus antiguos dueños la hubieran tapiado. La primera parte de la habitación estaba iluminada y bien ventilada, la parte más interior era algo más oscura. Allí era donde había arrojado la granada. Si había algún rebelde vivo, seguramente se encontraría en aquella parte. Avanzó un poco pegado a la pared interior, rodeando los restos de lo que habrían sido camas. Dos soldados más, bastante más reconocibles que el primero, con varios agujeros de bala atravesando sus cuerpos, yacían entre los muebles. Uno de ellos tenía entre sus manos un rifle. Había algunos casquillos de bala a su alrededor. Puede que hubiera muerto devolviéndole el fuego a su compañero.
Oyó un ligero gemido al fondo de la habitación. Fue avanzando entre escombros y restos humanos hasta que llegó a una especie de barricada formada por lo que parecían haber sido otras dos camas. Tras la barricada había dos cuerpos destrozados por la explosión de una granada. Un tercer soldado seguía vivo, aunque su estado era lamentable. Apenas le quedaba un rastro de vida. Mario escudriñó con la mirada el resto del lugar. No quedaba nadie más. Todos habían muerto de una forma u otra. Se dio media vuelta e iba a volver sobre sus pasos cuando un atisbo de humanidad le hizo detenerse. Por unos instantes, la ira dejó paso a la compasión. Desenvainó su cuchillo y, con un movimiento rápido y preciso, acabó con el sufrimiento del moribundo.
Exploró la casa entera en busca de algún otro enemigo, pero no encontró nada. Parecía que todos los soldados que había en el campamento estaban muertos. Durante algo más de una hora esperó, agazapado entre las ruinas, la aparición de algún rebelde más. Alguien demasiado precavido como para escuchar el tiroteo y quedarse al acecho, sin desvelar su posición. De hecho, estaba seguro de que había más gente con vida en esas casas. No sabía dónde, pero en algún lugar debían de estar los refugiados que quedaban vivos. Debería de entrar en todos y cada uno de los edificios, aumentando, de esta forma, las opciones de ser emboscado, ahora que todo el mundo estaría alertado de la presencia de algún intruso en el campamento. Estaba pensando su próximo movimiento cuando empezó a oír una serie de golpes secos y fuertes provenientes del exterior de la casa; Era como si alguien estuviera golpeando una puerta de madera con algún objeto duro. Le extrañaba que, si quedaba algún soldado vivo, se dedicara a golpear nada. Debían de ser los prisioneros intentado escapar. Decidió investigar la procedencia de los golpes.

Necesitó un par de disparos a plena potencia para romper los candados que cerraban la puerta de la pequeña construcción de adobe. Sacó su linterna y enfocó al interior. Unos rostros llenos de miedo miraban hacia la entrada mientras sus cuerpos se apiñaban tratando de alejarse de ella. La oscuridad en el interior de aquel lúgubre espacio era total. La pequeña linterna deslumbraba a los prisioneros que se giraban y gemían aterrorizados de miedo. Las personas mayores abrazaban a los niños y trataban de esconderlos con sus cuerpos. Las mujeres intentaban esconder el rostro. Mario alumbró el suelo con la linterna y preguntó en un perfecto gótico imperial:
- ¿Hay alguien que hable mi idioma? – Uno de los problemas más importantes con los que habían tenido que lidiar las fuerzas imperiales en los primeros meses de su campaña de pacificación fue la comunicación con los ciudadanos locales. Los imperiales se habían dado cuenta de que la gente de este planeta, de tanto utilizar su propio dialecto, había olvidado la lengua común del imperio. Tan sólo los más jóvenes habían aprendido algo en sus schola, pero era poca la gente que lo dominaba con suficiente fluidez.
Dos figuras se movieron un poco en dirección al recién llegado, separándose del grupo.
- Nosotros hablamos el gótico imperial. – El que había hablado era un adolescente. Mario no habría sabido calcular su edad. Demasiado mayor para ser considerado un niño y demasiado joven para ser considerado un adulto. La otra figura era una chica joven, casi una mujer. Ambos eran altos y delgados, casi de la misma estatura. Poco fornidos para lo que venía siendo normal en la gente de este planeta.
- Somos refugiados civiles. Nosotros no tenemos nada que ver con los soldados rebeldes. – Dijo la chica. Su voz era suave y tenía un acento diferente del de los nativos. Sin duda alguna, ni ella, ni el otro chico provenían de este planeta.
- Vi cómo os atacaron esos soldados. Sé que no estáis con ellos.
- ¡Visteis cómo nos mataban y no hicisteis nada para impedirlo? – le espetó la chica sin subir el tono de voz.
Se hizo el silencio. Un silencio incómodo. Mario no quería decirles que no había más fuerzas imperiales salvo él. No sabía si había más soldados enemigos vivos. Ni siquiera podía entender cómo debían de sentirse aquellas personas.
- Lo siento mucho. – Dijo tímidamente, casi con un hilo de voz. – No pude hacer nada por vosotros.- Esto último le salió del alma. Sin pensar. Lo más duro había sido estar allí parado, viendo cómo los civiles eran asesinados, sin poder hacer nada para evitarlo. Se sentía mal por ello. Había tomado la decisión correcta. Si hubiera actuado antes, seguramente estaría muerto, sin embargo, aún así, no podía dejar de sentirse culpable por no haber hecho nada.
La voz de una mujer anciana se oyó desde el fondo de la habitación. Todo el mundo permaneció callado. Se produjo una breve conversación entre ella y la chica joven que hablaba gótico. La joven reaccionó lentamente.
- Venimos de una región situada al Este de aquí, a tres días de viaje. Se llama Guernen. Está cerca de los bosques centrales. Hay pocas bases imperiales por allí, no sé si conocerás la zona. – Empezó diciendo la chica, como si su relato tuviera que ser contado en ese preciso momento. – Hará una semana, empezamos a recibir noticias de que, en los bosques centrales, habían aparecido unas extrañas criaturas que estaban arrasándolo todo. La gente de mi zona no apoya directamente la violencia de la guerrilla, pero muchos tienen familiares allí. Sabemos que los soldados se escondían en esa zona de bosques. Un día, un grupo de gente llegó a nuestro pueblo. Venían de una zona fronteriza con las tierras boscosas. Nos dijeron que sus tierras habían sido atacadas por criaturas verdes. Las tropas rebeldes habían desaparecido. Esas criaturas no tardarían mucho en llegar hasta nuestro pueblo.
- Decidimos abandonar nuestras tierras y unirnos a ese grupo de gente en busca de un lugar más protegido. Hemos estado viajando desde entonces en dirección a Calenor, la capital. Columnas de humo se iban levantando a nuestras espaldas. Cada día más. Ayer, mientras viajábamos, nos encontramos con un grupo de soldados rebeldes montados. Dijeron que los hombres tenían que unirse a ellos, que ahora era el momento de expulsar al invasor imperial de nuestro planeta. Les dijimos que nosotros ya habíamos contribuido a la revolución, que necesitábamos a los hombres para poder llegar hasta la capital. Nos escoltaron hasta estas casas. El oficial al mando nos acusó de traidores. Asesinó a familias enteras, empezando por los hombres. Todos los que han osado levantar la voz han sido asesinados. – Llegado a este punto, los sentimientos impidieron seguir hablando a la joven.
Tras unos instantes de silencio, Mario le dijo tranquilamente.
- Si seguís por este mismo camino, en dirección sur, pasareis por la base imperial de la que vengo. Os ayudarán en todo lo que puedan. Nosotros no luchamos contra civiles. Me gustaría, pero no puedo escoltaros, tengo órdenes que cumplir. He de llegar hasta otro campamento imperial.
- Nosotros pasamos hace dos días cerca de un campamento imperial. Lo vimos desde lejos, pero nos hemos sentido más seguros evitando cualquier contacto extraño.
- Yo os podría llevar, conozco el camino.- dijo el chico.- Podría serviros de intérprete si os encontrarais con alguien durante el camino.
- Mi hermano dice la verdad. Solíamos visitar esta zona con nuestro padre para comerciar. El sabe qué camino es el adecuado.
Mario oyó un ruido en el exterior de la construcción. Había olvidado que todavía podían quedar enemigos vivos. El encuentro con esta gente le había hecho bajar la guardia. Con un gesto, hizo callar a la joven y se asomó cautelosamente por la puerta. La gente no entendía lo que estaba pasando, pero la chica pareció comprenderlo inmediatamente. Debido a la oscuridad que reinaba ahora en el lugar, Mario no podía ver su cara de sorpresa y perplejidad cuando le preguntó:
- ¿Pero no habéis acabado con todos los rebeldes?
- No registré todas las casas. He contado doce cuerpos pero tal vez haya más soldados.
- No, no hay más. Son doce soldados. Estoy seguro. – dijo el chico.
Mario se relajó un poco. Se giró de nuevo hacia la chica. Había algo que no comprendía muy bien.
- ¿Porqué queréis ayudarme? Si pensáis que estáis en deuda conmigo, olvidadlo. Seguid por vuestro camino. Necesitareis a todos los hombres.- miró al chico para que le entendieran.- Aunque sean jóvenes.
- Pensábamos que, tal vez, algún soldado imperial pudiera acompañarnos hasta vuestra base a cambio de la ayuda de mi hermano. Así no nos atacarían. Podrían ayudarnos. Si vamos solos, no sé si lo harán.- Ahora todo encajaba. Estos refugiados le ofrecían su ayuda porque esperaban que los imperiales les ayudaran a cambio.
- Veréis. No es que no quiera ayudaros. Si pudiera enviar a algún soldado imperial para que os ayudara, el emperador sabe que lo haría encantado. El único problema es que, ahora mismo, el único soldado imperial que hay en este lugar soy yo. No hay nadie más. No puedo ayudaros.
- Entiendo.- dijo la chica con un tono un triste mientras agachaba la cabeza.

Habían terminado hablando entre los tres, olvidándose del resto de refugiados, que no entendían nada y se mantenían en un discreto segundo plano, ocultos entre las sombras. Sin embargo, los dos jóvenes parecía que los habían tenido en cuenta en todo momento. Ambos se acercaron al grupo y entablaron una conversación entre susurros. Ahora era Mario el que se quedaba al margen. Tenía la sensación de que, además de explicarles todo lo que habían hablado, esas gentes estaban decidiendo su futuro, que él mismo estaba ligado ahora a esas personas, que no era consciente de ello pero que ellas si. Tenía la sensación de que estaban decidiendo por él y que no podría poner objeción alguna.

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